Esa
noche, los dos comimos del mismo cuerpo. Los restos de piel que cayeron sobre
la alfombra nunca se secaron. Todavía los veo brillando en la oscuridad del
comedor, multiplicando los tonos metálicos de la ciudad. Hoy me desperté y volví
a sentir el cuerpo como un bisturí. Las noches pasan, las ciudades se apagan,
pero el hambre nunca se va.
martes, 9 de junio de 2015
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